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Descubrió el hecho cuando llegó a su casa, después de un largo fin de semana en la quinta de Cardales. Lo fue deduciendo de a poco: con solo poner la llave en la puerta ya sintió un escalofrío. Aún con ese presentimiento de peligro, no pudo evitar sonreír cuando vio como estaba el living: parecía recién robado, una observación que su madre siempre hacía cuando la visitaba y notaba el desorden. Pero esta vez había pasado en serio. Los discos viejos, los papeles, los tarros de la alacena, un bolso, una notebook… todo mezclado en el piso, como si sus cosas, en delirante consenso, hubieran decidido cambiarse de lugar las unas con las otras.

Sin embargo, algo no estaba bien en ese cuadro de su propio robo: la notebook era carísima, el bolso era un Louis Viutton, ¿por qué los ladrones no se los llevaron? Corrió hacia la mesa de luz del cuarto, donde guardaba los dólares en un pequeño cofre, envuelto en una bombacha rosa de encaje que le había quedado tan ridícula como grande. Se arrepintió de esconder la plata de manera tan previsible, pero la vida la sorprendió con los dólares perfectamente conservados en el cofrecito, durmiendo al abrigo de la rosada prenda y a salvo de los amigos de lo ajeno.

Ahí fue, entonces, cuando se preocupó de verdad. ¿Qué le habían robado? ¿O los ladrones tuvieron que irse antes porque los vecinos los descubrieron? Se puso a hacer un rápido inventario mental de sus cosas de valor: un par de joyas de oro, los vestidos de sus principios en la Ópera, los zapatos italianos, la cafetera expreso que trajo de Europa… pero todos esos objetos estaban allí en el piso, tirados como adolescentes en una fiesta a la madrugada. Nada parecía faltar. Levantaba sus ojos al cielo para agradecer a Dios, cuando notó la ausencia de su foto, una gigantografía en blanco y negro de un retrato de ella misma.

Recordó el momento en que Nicolás le sacó la foto. Sentada en una silla con las piernas colocadas en una perspectiva que las hacía kilométricas. Desnuda, con el trasero de perfil para que no fuera tan explicito…Recordó la mano derecha apenas levantada sosteniendo el ala del sombrero que le cubría solo media cara y dejaba escapar los rulos morenos sobre los hombros. La luz sobre el contorno de su piel era tan perfecta que, ella misma, cuando contempló su foto ya revelada pensó que era lo más hermoso que había visto en su vida. Y mirá que tenía fotos de sus conciertos, con joyas y terciopelos, con rodetes o trenzas, con tiaras y capas…pero ese retrato valía más que todos, era literalmente invaluable.

Nico la había usado de modelo cuando estudiaba fotografía mientras ella iniciaba su carrera de solista en el Colón. Un día en que ella estaba estudiando un aria, recién salida de la ducha, él la sentó en la silla y le colocó el sombrero. Tras cientos de disparos no tan afortunados, salió esa toma perfecta. Sensual, pero sin pasar por el terreno de la pornografía, misteriosa y al mismo tiempo reveladora como toda foto en blanco y negro. Moderna por la pose, pero antigua por la silla Thonet que la sostenía y el carcomido parquet sobre el que descansaban las piernas interminables. En el único ojo que el sombrero de cowboy permitía ver, el espectador no podía dejar de notar una mirada de amor hacia el fotógrafo. Un amor un poco narcisista, claro, ya que lo que ella más amaba de Nicolás era la forma en que él la veía.

Si, ser soprano suele dar alta autoestima, que ya la palabra misma lo dice, del latín supra anus, significa “por encima de”… así le había dicho Nicolás haciendo el inevitable chiste sobre el “supra anus“ mientras le sacaba la foto.

No, no había copia alguna en la casa, y los negativos se los había llevado Nico cuando rompieron la pareja. Le colgó la gigantografía en la pared el último día de la relación, con una ingeniosa frase pegada en un post it: “Te dejo con la persona que más amás en la vida.” Que cursi, que melodramático, pensó ella, creyendo que solo era una pelea más, diciéndose para sus adentros no te bancas que yo sea más famosa que vos. Luego el portazo, el bloqueo en las redes, el viaje de él a Egipto que supo por una amiga en común, y finalmente el olvido de ese hombre que no la merecía, que no entendía que una mujer debe ser tratada como una reina. Dejó la gigantografía colgada donde él la puso antes de irse, olvidó la grosera frase y se relacionó sentimentalmente con dos o tres idiotas que hubieran hecho cualquier cosa por ella, y que, por esa misma razón fueron dejados al poco tiempo.

Esta era la situación: sólo faltaba de la casa su hermosa foto agigantada. Ni loca iba a llamar a Nico para pedirle una copia: esa escena hubiera sido una confirmación del narcisismo patológico que él le adjudicaba. Se sentó en el piso, en medio de la danza quieta y desconcertante de objetos desubicados y lloró desconsoladamente. Es increíble cómo puede uno encariñarse con una foto de uno mismo.

Tuvo miedo de que algún psicópata admirador se hubiera robado su foto para autosatisfacerse, pensó incluso si Nico podría haber ido a buscarla para recuperar su obra de arte, pensó en que alguna soprano rival se la pudiera haber llevado para hacerle un trabajo de magia negra, pero cuanto más pensaba en distintas hipótesis más ridículas le parecían todas.

La foto no estaba más, pero sí el sombrero, en el siniestro corso de objetos en el piso. Ella lo levantó y lo colgó del clavo que antes sostenía la gigantografía en blanco y negro. Pensó en María Callas, la divina, y sus innumerables sombreros, se acordó de Victoria Ocampo, que también había sido soprano y tenía trescientos sombreros en su casa. Se tomo media botella de vodka y se fue durmiendo mientras su cuerpo astral vagaba por la pirámide de Keops y se subía a un estúpido camello. No llegó a auto interpretarse los sueños, así de  triste estaba. 

Al día siguiente tocaba la limpieza de Arminda, puntual cada lunes a las 9 hs. Fue la empleada quien ordenó las cosas, notó la ausencia del cuadro, pero no dijo nada, porque para trabajar con una artista hay que ser discreta. La señora viajaba a Milán y había que ayudarla a empacar unas pocas cosas antes de que terminara el día, y cuidarle el humor. Ella durmió un poco más de lo común, pero se levantó a poner el cuerpo a su destino en otro escenario, como hacen todos los cantantes. Exponer el pecho a las balas de la crítica y a las rosas del público. Inflar el tórax y exhalar el alma, ser y no ser, para entregarse al público y recoger su propio valor en la moneda del aplauso.

Se tomó dos sedantes para aguantar el viaje en avión, una escena temida no tanto por la posibilidad de caer, sino por la imposibilidad de irse si no la trataban como era debido, o, por el contrario, si algún fan ordinario la perseguía para sacarse una foto con ella.

En Milán todo salió como esperaba, la función de La flauta Mágica de Mozart no falla. Los aplausos la energizaron, y la relajaron: seguía siendo ella misma. También ayudó el haber dejado instrucciones para proteger la casa con cuatro cámaras y dos alarmas, por si el ladrón volvía o el supuesto loco decidía acosarla. O si Nico… no, él nunca haría algo así… También guardó los dólares en una caja de seguridad y se llevó la bombacha rosa a Milán para hacer reír al director cuando se acostara con él.

Con el tiempo el hecho se fue olvidando. Nadie la acosó, ni la extorsionó, Nico no dio señales de seguir loco por ella, ni tampoco ella lo buscó, de manera que el acontecimiento se perdió en su existencia como una perla más engarzada en un aburrido collar. Hasta que surgió en la terapia, casi sin querer. No pudo evitar llorar nuevamente cuando relató el episodio del robo y el Lic. Glusberg le pidió que escribiera lo que sintió. El psicoanalista, hasta el momento solo pedía sueños y asociaciones o reportes de lo ocurrido en la semana. Esta vez le pidió, por vez primera, que escribiera un relato. Todo lo que Glusberg sugería parecía al principio una estupidez, sin excepción.

Ella fue obediente y relató los hechos en el papel, aunque no estaba muy convencida. Pero al final, le pareció que escribir era tan maravilloso como cantar; a veces, entre las palabras, aparecían frases que eran como notas agudas capaces de romper su propia imagen. Una copa puede estallar cuando una nota suena con la estructura del cristal, todas las sopranos lo saben. Cuando un sistema se comprende a sí mismo se rompe, había dicho Gödel, el matemático. Así le pasó con el relato del autorretrato robado, la quebró. Su psique fue una fina copa rompiéndose en pedazos con las frases más agudas, las que la delataban.

Llamó al cuento “Una mujer sin sombrero” y compuso un relato ingenioso, poblado de personajes de Ópera que se disfrazaban y se desvestían. El tono confesional al que la llevó esa visión del hueco en la pared que dejó su foto robada, hizo que la historia pequeña, mínima, tuviera ecos grandes, tal  como su pequeña voz, arriba de un escenario, podía proyectarse hasta el final de un enorme salón.

Asoció el hecho con la historia de Pamina, la princesa de la ópera de Mozart, manipulada por su madre La Reina de la Noche y custodiada por su padre Sarastro. “Detrás de mi retrato una princesa espera que el príncipe de mi alma la libere. Todo ocurre en mí. Quiero ser libre de mi imagen, no se debe cazar a los pájaros”

Cada frase que iba agregando a su texto se parecía más a una historia de liberación, al punto que la foto robada terminó siendo un punto de inflexión en su vida, un antes y un después.

Deconstruyó lentamente a la mujer semidesnuda con el sombrero ladeado. Ya no deseó siquiera recuperar esa foto, que, aun así, seguía siendo lo más hermoso que había visto en su vida. Presentó su cuento en un concurso, porque, al fin y al cabo, era todo lo egoica que una soprano debía ser. Para poder cantar como La Reina de la Noche y dejar al auditorio sin palabras, regodeándose en sí misma por cacarear lo que nadie puede. Para que le tiren ramos de flores y la adulen hasta el hartazgo. ¡Para odiar a quien le diga sos la nueva Callas, a quien se le ocurre! Yo soy yo.  

Ganó una mención y la publicaron junto a otros escritores, nada rimbombante, pero mucho más enorgullecedor que sus increíbles melismas de cantante: esta vez recibía un premio por ser ella misma, por hacer oír la voz de su alma. 

Por momentos dejó de ser el centro del mundo y compartió con otros. No perdió su brillo. Recuperó su tamaño natural.

Le pidió el teléfono de Nico a la amiga que habían tenido en común y le mandó un mensaje en el que se jugó la vida. Le adjuntó en un archivo el cuento. “Una mujer sin sombrero” tal vez se estaba revelando la hemicara que ese sombrero tapaba: la vulnerabilidad, la necesidad de amar y ser amada de verdad, por quien era ella en realidad. Dejó de ver al Lic Glusberg cuando él le dio el alta, diciéndole que ahora, en sus dos ojos, podía verse un brillo que no se puede fingir. Que él solo había sido un paraguas reflector, que ya no lo necesitaba, al menos por un buen tiempo… A Glusberg le gustaba ser ingenioso en sus metáforas, ambos rieron con lo del paraguas reflector y terminó la última sesión de terapia pensando en Nico.

Salió del consultorio ese día y desbloqueó el sonido del celular, deseando que alguno de los nuevos mensajes que se habían acumulado viniera de él. Sabía que el final feliz era que Nico le contestara, pero también sabía que por fin había logrado un pequeño brillo interno, uno que no dependía ya de los mensajes recibidos. Ni de las imágenes externas, gigantes o no. Una mujer sin sombrero.

Recordó la frase de La flauta mágica, cuando Tamino, el príncipe, ve por primera vez la imagen del rostro de Pamina, la princesa: “Dis bildnist ist bezaubernd schön”: Nunca en mi vida había visto un retrato más bello que éste.”

 

Adriana Bonazzi