La jugosa propina vale por la jugosa entraña con papas a la crema, él lo sabe, y por eso no duda en superar el diez por ciento acostumbrado de la cuenta total. Coloca los billetes prolijamente en la libreta donde vino la cuenta y se sonríe. Paolo se acuerda de Dalí, que intervenía artísticamente la factura del restaurante donde comía, y con eso pagaba su almuerzo o cena. Convertir una cuenta en un valor, con solo ponerle unos trazos encima, mamma mía!. Recuerda que otras veces, Dalí hacía cheques dibujados, que valían simplemente por ser un dibujo de él, ya que, como cheques, obviamente, eran falsos. La posibilidad de crear valor y tenerlo, es para él una obsesión.
Paolo tiene un Dalí en su colección privada, una litografía. Suele mirarla una vez por semana. Ha acumulado muchas obras de arte, que tienen valor, en tanto que mucha gente pagaría por ellas. Pero no las piensa vender. Ha escuchado que quienes son coleccionistas tienen un problema con la identidad, por ejemplo, los que coleccionan muñecas, o relojes o piedras o armas. Se acuerda de su amigo Alejandro que acumula hipopótamos de cerámica, de madera, de goma, de todos los países del mundo. Leyó alguna vez que, según algunos psicólogos, esas personas coleccionistas necesitan identificarse con algo para suplir carencias en su personalidad.
Pero Paolo no tiene un problema de identidad, no necesita sentir que él es más porque tiene mas relojes o más hipopótamos, o más cuadros, o por haberse identificado con algo que los demás no. Sólo siente que aquello que cubre sus necesidades o le da placer, es valioso. Y lo quiere tener. Lo quiere mirar, lo quiere comer, lo quiere oler, lo quiere tocar, quiere oír su sonido único y especial. El olor, el color, el ruido y el sabor de la cosa, de la cosa que necesita, de la cosa que desea. Ese es su afán, ser uno con la materia que le da deleite, disponer de esa materia como si fuera parte de su cuerpo.
Paolo se retira del restaurante pensando en eso, en el valor de las cosas. Cuando abre el auto, se acomoda y percibe la comodidad del asiento, cuando lo enciende y escucha el suave ronroneo del motor, cuando arranca y el viento, creado por su propia velocidad, le pega en la cara…él se sabe plenamente en su cuerpo. No, no se siente más vivo, sino que se siente materia, se experimenta a sí mismo como algo que pesa y se autodisfruta. Paolo sube al auto y se autodisfruta. Está unido paradisíacamente al cuero, al metal, al plástico, al aire, a todo lo que le pertenece en ese cubículo que también ha pagado mucho porque lo vale. Paolo piensa en el valor de las cosas solo un minuto en una hora, los otros 59 minutos Paolo es uno con la cosa hermosa, la que le da placer, y ya no piensa nada. Le encanta no pensar en nada, ya que eso le permite más placer.
Llega a su casa, y la mucama le ha dejado una pequeña cena, que guarda en la heladera porque ya se comió la entraña con papas a la crema. Pero toma un puñado de cerezas y las come lentamente. Se sienta en la banqueta del desayunador para autodisfrutar la fruta. Paolo disfruta el auto, disfruta la fruta, disfruta la entraña, disfruta del viento. Se acuesta en la cama y duerme como si el bien y el mal y los problemas de conciencia fueran un mito urbano.
Mañana hará lo mejor de todo. Irá por la mañana a su fábrica de muebles, sentirá el olor de la madera, saludará alegremente a los que trabajan en el taller, terminará a mano su última pieza. Luego irá a almorzar al mismo lugar que ayer. Tal vez se pida un buen salmón con alguna guarnición especial. O quizás pida canelones, le encantan las pastas rellenas, las masitas rellenas y los alfajores, los pavos rellenos … Sabe, en su alma, que Dios creó a la tierra vacía, sólo le puso un poco de pasto, se sentó allí, se puso cómodo y se dijo a sí mismo: -Bueno, ahora tengo que rellenar esto – y fue así como se dio el gusto de crear al mundo.
Adriana Bonazzi
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