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Cuando tenía 12 años Sabina era pura risa. Tenía un encanto particular: era muy poética, metaforizaba todo el tiempo sin darse cuenta. “Las estrellas son faros de autos que andan por el cielo, aunque no los vemos” predicaba muy convencida, mostrando que ella observaba cosas que unían el mundo de arriba con el mundo de abajo, esas cosas que solo ven los poetas. Una tarde cualquiera de verano podía sostener que un pintor ya muerto, que había ido al cielo, coloreaba todos los días las alas de las mariposas y las volvía a soltar, y que cuando no estaba muy inspirado le salían las mariposas blancas. 

Ese encanto poético que la caracterizaba venía acompañado de una fuerte distracción: se la podía ver con  un zapato marrón y uno negro, una media blanca y otra azul… Olvidar anteojos, gorros, abrigos y paraguas era para ella un deporte, en el competía a nivel olímpico. Su madre no terminaba de saber si era una niña genio o si tenía algún tipo de problema cognitivo. 

Ese año, a sus doce recién cumplidos, Sabina viajó con sus padres a Bariloche, y en una excursión contempló la Cascada de los Alerces. Cuando vio el color verde del agua, entró en trance, y por primera vez supo lo que era estar unida al cielo y a la tierra, a través de la belleza indescriptible de esa agua. No le contó a nadie lo que le había pasado, pero pronto se dio cuenta de que ese estado era en ella algo casi natural. Al día siguiente cruzó la hacia la isla Victoria en una lancha y notó que al mirar el vuelo de las gaviotas ella se convertía en gaviota. 

Se le borraban los bordes cuando veía algo hermoso, y, a esa edad, todo le parecía hermoso. 

Sabina veía acontecimientos que iban a ocurrir en el futuro y los contaba mientras untaba una tostada con manteca, en el desayuno. Podía tratarse de la suerte del perro o de la abuela en los siguientes meses, pero como la familia nunca le daba crédito, tal vez hasta nos hayamos perdido de alguna predicción sobre política mundial, que asomaba en su cabecita una mañana al azar, como la caída del muro de Berlín. Sabina sabía, a veces, lo que iba a pasar.

De algún modo, Sabina sabía física cuántica sin poder formularla. Sabía que arriba y abajo no estaban separados en la realidad, sabía que pasado y futuro tampoco. Y vivía en ese estado distinto, llevando y trayendo rumores del misterio, de la misma manera que lo hace el mar cuando se aleja y luego vuelve hasta la playa.

Su madre murió antes de explicarle por qué le había puesto el nombre de Sabina. A sus dieciocho años descubrió que había una mártir llamada Santa Sabina, que había juntado los restos de su sirvienta muerta por defender su fe, y que luego había sido asesinada justamente por ese acto de compasión. A sus treinta y seis descubrió que existió una chamana y poeta mexicana llamada María Sabina, que promovió la psicodelia como un camino de espiritualidad a través de los hongos sagrados. Hongos que unían la vibración del cielo con la de la tierra, que abrían la percepción. Sabina supo siempre que nada era casualidad.

Sabina estudió astrología y hoy día sigue trayendo notas desde el cielo a la tierra, y uniendo la línea del tiempo desde el pasado al futuro, hasta desdibujar el extraño mundo ilusorio en que vivimos atrapados, acerándose ella misma, y a los demás, a un lugar donde todo es uno y todo al mismo tiempo.

No le pregunten como lo hace. La cosa empezó a sus doce años, cuando el agua tan verde de la cascada de los Alerces le hizo conocer la realidad. Lo hermoso une el cielo y la tierra, las cosas son hermosas, las personas son hermosas, la compasión es hermosa… Un misterio que solo se revela en el aquí y el ahora, disuelve la línea del tiempo y devuelve un sonido eterno, el del éter, el de la caracola cuando la ponemos en el oído.

Sabina sabe. De ahí a que te lo pueda explicar…

 

Adriana Bonazzi