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Me llamo Buono y soy un perro Bullador, mezcla de Pit-bull y Labrador. Mi raza también es conocida como Labrabull. Como sea, soy esa combinación genética extraña entre perro bueno y un poco agresivo. Se preguntarán como es que hablo o siquiera pienso: en la vida anterior fui un padre deudor de cuota alimentaria y Dios me hizo reencarnar años más tarde en el perro de mi nieto Francisco, ya casado y con tres hermosos hijos.

He conservado la capacidad de pensar, pero no puedo hablar, y  aunque he probado ladrando horas y horas sé que nadie entiende lo que digo. Igual ladro muy seguido, y por suerte los proteccionistas me salvan de los vecinos que se quejan. “Si es un perro tiene que ladrar” dijo alguien de  Zoonosis y es así que ladro mucho, porque soy perro.

El porche de entrada es mi lugar favorito para pasar la mañana. A veces parece que estoy durmiendo, pero levanto una sola oreja cuando alguien se acerca y todo mi cuerpo negro y brilloso se pone en estado de alarma. Mis músculos se tensan y mi ladrido es la voz más perfecta del instinto de protección. El repartidor se asusta, el del correo salta hacia atrás, el socio de mi nieto siempre entra a la casa sin dejar de mirarme, por las dudas; a veces se cubre los genitales con las manos, a veces el trasero… sé que puedo provocar miedo. Como aún pienso, me doy cuenta de lo útil que es asustar a los extraños.

Así cuido a esta hermosa familia: mi nieto Fran, que es arquitecto y ha construido esta casa tan linda, tan cálida, tan llena de madera; su esposa Lucía que todo lo vuelve acolchado con sus almohadones y sus adornos tejidos, y mis tres bisnietos Santi, Luca y Zoe, que me abrazan, me montan, me escupen, me dan comida a escondidas, me gritan y me besan. El sonido de ellos tres, llenando la casa y el porche, es la razón de mi vida. Que la vida de ellos crezca a mi resguardo es la razón de mi propia vida.

Lo importante es que todos entiendan que a la familia de Francisco nadie le va a hacer daño. Si hay un peligro yo aviso, no importa si es un ladrón, un principio de incendio o un granizo violento… todo mi ser está configurado para proteger. De manera escandalosa, porque tengo un ladrido de muchos decibeles, créanme que los vecinos lo midieron y todo. Y no me juzguen, porque ser escandaloso para cuidar a los míos es lo que este Dios extraño quiso que yo fuera. No podría medir o moderar mi instinto de protección, no me pidan algo que es ajeno a mi naturaleza.

Mi paz es cuando todos duermen a seguro. Y cuando los primeros rayos del sol inauguran la cotidianeidad, yo saludo al día, firme, como un soldado del afecto que ha jurado servir a los suyos. Ay, el afecto, la ternura, esas virtudes que el humano a veces olvida como lo hice yo en otras existencias. El afecto y la ternura son lo mas obvio y lo más olvidado, aquello que nos permite crecer en el tiempo sin ser destruidos por otros. Pensarán que exagero, que veo enemigos en todas partes. Pero si ustedes fueran un Labrabull, como yo, harían lo que tienen que hacer, simplemente.

Detrás de una mandíbula peligrosa, cuidar a lo tierno, a lo vulnerable, a lo que nos hace ser humanos y no bestias. El afecto que cuida a los humanos tiene un lado bestial, algo salvaje y bello como una noche de luna llena. Bajo esa luna misteriosa y plena, laten los seres vivos que evolucionan hacia el sentir, que atesoran la ternura que los reptiles no conocen. 

Soy Buono, pero si me tienen un poco de miedo está perfecto.

 

Adriana Bonazzi