Hubiera dado cualquier cosa por no sobrepensar, pero ahí estaba, otra vez, en la parada del colectivo, enredada en un bucle mental interminable. Las ráfagas del viento parecían pegarle cachetadas para que se detuviera.
Todo había comenzado tres meses antes, cuando el reloj de péndulo del geriátrico empezó a atrasar un minuto, solo un minuto. No pareció importarles a las demás enfermeras, ni a los médicos, ni a los propios pacientes que apenas sabían en que día estaban viviendo, o acaso muriendo.
Era un antiguo reloj de péndulo, cuyos números romanos dignificaban las triviales horas del día. Las agujas, con la parte del medio finamente calada, se estrechaban al final para señalar los números con gracia y eficiencia. Siempre había funcionado de manera perfecta, pero el primero de septiembre, justo el día de su cumpleaños, comenzó a mostrar ese minuto de menos que tanto la alarmaba aún hoy, a tres meses de la falla.
El reloj estaba instalado enfrente del escritorio de la secretaria administrativa, no muy lejos de la sala de shock adonde iban a parar los pacientes que se agravaban con alguna emergencia. Si el residente pasaba a mejor vida, el médico le decía a la empleada que tomara la hora de muerte del reloj de pared, con lo cual, los últimos ancianos fallecidos tenían mal informada la hora del deceso. No habían muerto a esa hora, habían vivido un minuto más.
El problema era, entonces, solo una cuestión de un minuto, pero ella, desde muy chica, sentía que las pequeñas cosas eran importantes. Un microscopio le abría la puerta a una galaxia, aunque esa galaxia estuviera dentro de una hormiga o un pelo de la cabeza. Le obsesionaba el poder de lo pequeño, la posibilidad de que un incendio forestal de descomunales dimensiones pudiera ser causado por un humilde fosforo, por la cabeza chiquita de un fosforito, que en un instante de distracción alguien hubiera echado al pasto.
Como supersticiosa clásica, también corregía los cuadros torcidos. La psiquiatra del asilo de ancianos le había dicho que eso era un índice de neurosis obsesiva, que ella creía que, si algo estaba mal en el cuadro colgado en la pared, algo iría mal en la vida. “Como es arriba es abajo” le había soltado la doctora, sonriéndole misteriosa mientras ella se limaba la uña del dedo anular de la mano derecha, apenas despareja del resto. “Tengo que limpiarles el culo a los pacientes, no puedo pensar en esas cosas,” le había contestado a la profesional, “no quisiera lastimarlos con la uña rota.” Se sintió un poco culpable de decir la palabra “culo” pero la psiquiatra se lo merecía por interpretarla sin permiso.
No había tenido otra terapia en su vida que no fuera ese dialogo escatológico, de modo que su psique se mantenía funcional y estable sin que nadie más notara sus extrañas preocupaciones. Al fin y al cabo, ninguna otra enfermera era más capaz de colocar una vía en el primer intento, y también portaba el récord de no haber cometido ningún error en el geriátrico. Mejor no pensar mucho en lo que esto significa.
Ese primero de diciembre, en la parada del colectivo, tomó la decisión de reparar ella misma el reloj de péndulo, dado que cuando solicitó el arreglo, las autoridades del establecimiento le habían explicado que no había presupuesto para un relojero. “Cuando atrase dos minutos me avisa”, le había dicho, irónico, el director, “eso sí sería inadmisible”.
Fue entonces cuando buscó y encontró en internet el tutorial “Como arreglar un reloj de péndulo antiguo” y empezó a planear la posibilidad de quedarse unas horas en el asilo esa noche, hasta dejar a ese aparato funcionando correctamente.
El 2 de diciembre le dijo a la enfermera de guardia que se iba a quedar un rato más, porque su hermano del interior iba a buscarla por ahí, y se le había atrasado el micro. Le había prometido al benjamín de la familia una salida nocturna, así que lo iba a esperar. A nadie le importó su mentira como tampoco le importaba a nadie si decía una verdad.
Cuando anocheció y el pasillo quedó vacío, se sentó en una silla y empezó a leer el tutorial cuyo primer punto decía así:
“Lo primero que debes hacer es revisar el nivel del reloj, puesto que un reloj desequilibrado puede ver afectada su capacidad de mantener el tiempo correctamente”
Revisó el nivel, con plomada y todo, y tuvo que corregirlo apenas. Pasó al segundo punto: “Límpialo regularmente con un cepillo suave en los mecanismos y un paño seco y en la parte de afuera”. Ella buscó los paños y cepillos y limpió toneladas de polvo antiguo, lo que la convirtió en una ametralladora de estornudos, que silenció con el codo para no hacer ruido. Ya podía pasar al punto número tres.
“Ajuste el péndulo, moviendo el regulador de un lado a otro, hasta que el tiempo esté marcado correctamente”. Lo ajustó durante unos cuantos minutos, para un lado y para el contrario, confiando en que pronto el reloj de pared se igualaría a su reloj pulsera de alta precisión. Cuando ambas horas coincidieron perfectamente, se dispuso a leer el cuarto punto del tutorial.
“Tomate tu tiempo, se paciente y disfruta del proceso”, Penso que esa instrucción era innecesaria, había disfrutado muchísimo la hora que le llevó dejar arreglado el reloj, una hora y un minuto. Siguió leyendo el tutorial que informaba detalladamente: “Cuales son los efectos de tener un reloj atrasado: Problemas con la puntualidad, desorden en la organización del tiempo, dificultades en la productividad y errores en la rutina diaria “. Ella se sonrió, todo eso era tan obvio que no hacía falta un tutorial para saberlo. Pero lo que sí le llamó la atención fue la manera en que El Relojero -así se llamaba el autor-terminaba su instructivo: “Buena suerte! Y que el tiempo siempre esté de su lado”.
Mientras esperaba el colectivo para volver a su casa, no podía parar de pensar en esa última frase. Una nueva duda se conformaba en su cabeza, como un bucle: ¿Qué sería que el tiempo esté de mi lado? ¿Si no estuviera de mi lado, del lado de quien estaría? ¿Cuándo se anotaba la muerte del paciente con un minuto menos, se le había quitado un minuto de vida o se le había agregado un minuto de eternidad? ¿La eternidad puede tener minutos? ¿Un montón de minutos uno al lado del otro, que sean todos eternos? ¿Se puede subdividir la eternidad en minutos o si se subdivide deja de ser una eternidad?
Perdió el colectivo, el último de la noche, y volvió a casa caminando, mientras rumiaba rítmicamente sobre el misterio del tiempo, de la vida y de la muerte, del significado de cada minuto, esa convención tan falsa como necesaria. Su mente era una galaxia mirada en un microscopio por algún Dios con el culo lleno de preguntas, con el perdón de la palabra culo.
Al día siguiente, movida por un impulso extraño, le contó lo ocurrido a la psiquiatra, quien leyó el tutorial conteniendo la risa. La miró por sobre el horizonte de sus anteojos de cerca y le dijo que la mente también tenía que nivelarse, limpiarse en sus mecanismos y regularse de un lado para el otro de manera de no atrasar. “Como es arriba es abajo” terminó, y le estrechó la mano con una sonrisa, rematando con amigable sarcasmo: “Ni por un minuto quisiera llegar tarde a mi próxima consulta”.
Ella ni se inmutó, salió al pasillo se miró en el espejo que estaba al lado del reloj, y corrigió un bucle que se escaba de la cofia. Se preguntó si las personas con bucles podrían tener pensamientos mas complejos que las personas con el pelo lacio. Y es que ella era así: miraba un detalle y, en cuestión de minutos, le surgía una pregunta. La habría de rumiar en la noche, mientras esperaba el colectivo, para no perder el tiempo.
Adriana Bonazzi
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