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UN CUENTO DE LIBRA

Cuando Rodrigo no duerme, lo cual es muy común, contempla la espalda de Dante. Como Dante duerme de costado, mirando hacia una ventana sin cortinas, su hombro recibe en ocasiones un rayo de luna que lo hace brillar. Como Dante es bailarín, sus brazos están torneados. Rodrigo considera que esa parte de su pareja que va desde el cuello hasta el codo es el recorte mas bello del universo, especialmente cuando el resplandor débil de la noche le confiere un aire casi irreal.

Rodrigo contempla el hombro de Dante, luego lo abraza un rato por detrás, luego se aleja y lo vuelve a contemplar. Recuerda a su madre pintando cuadros en el altillo de la casa, poniendo la pintura en el lienzo y después retirándose un metro para contemplar su obra, para volver otra vez a acariciar el lienzo con el untuoso pincel y luego retirarse nuevamente a observarlo.

“Contemplar es mirar con calma, con atención” -le había dicho su mamá, cuando lo veía a él mirándola pintar, como en el cuadro de las Meninas. Así mira hoy Rodrigo la espalda de Dante, en esas noches donde la luna merece un Oscar a la mejor iluminación.

Como Rodrigo no baila, pero sí escribe, elabora versos mientras el bailarin sigue durmiendo.

“Contemplo en la noche la espalda de Dante/

la luna se posa en su hombro desnudo/

colina cercana, colina distante/

te miro y te amo, te pienso y te dudo /

distancia perfecta: mirada de amante”

Y en ese derroche de atención calmada, Rodrigo sabe que lo quiere mucho justamente porque sabe verlo. Mañana dará clase de Literatura Argentina en la Facultad, y citará el poema Sábados de Borges, cuyo final resuena ahora en su cabeza. “Tu, que ayer solo eras toda la hermosura/eres también todo el amor ahora”.

Satisfecho con su obra mental Rodrigo se duerme. Cuando despierta a la mañana tiene en la cama un desayuno que le ha servido Dante en una mesa con patitas. Un pimpollo de rosa parece inclinarse a beber el café desde un florero de vidrio. La tostada untada con palta parece una parcela verde donde el sol se ha estrellado en forma de huevo, dejando salir una lava naranja hacia los cuatro puntos cardinales.

Rodrigo agradece a Dante, quien sonríe con sus hoyuelos. -Me gustaría escribir sobre tus hoyuelos, le dice, pero ninguna metáfora les haría justicia. Dante vuelve a sonreír, pero por suerte se pone por la cabeza una sudadera para entrenar, tapando su sonrisa y el hombro donde también el sol se demora unos segundos. Después lo saluda y cierra la puerta tras de si.

Nada malo, ningún mal podría entrar ahora en esa casa. Rodrigo lo sabe y de eso no duda. Nada malo podría soportar tanto refinamiento, tanta belleza creada por el ojo del amante que contempla a su amado desde la distancia perfecta. Se toma el café, mira la rosa, y termina de preparar en su cabeza la clase de literatura, la que tiene que dar esta mañana.

Adriana Bonazzi