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En su obra «Los bienaventurados», María Zambrano analiza la identidad del exiliado. No es el refugiado (porque éste siente acogido en otra tierra). Tampoco es el desterrado que sufre un castigo, sintiéndolo injusto y ultrajante. El  exiliado posee una extraña armonía, pertenece al lugar de nadie y explora su condición  intentando llevarla hasta sus últimas consecuencias, sosteniéndose sobre el hilo que lleva de la vida a la muerte. El exilio es, ante todo, un camino, una larga travesía en el desierto que conduce a ese territorio del abandono absoluto, del salirse de sí.

Me parece apasionante investigar sobre los arquetipos acuarianos, ya que, de por sí, pueden ser esquivos en su nivel mas alto. El rebelde, el revolucionario, son arquetipos más entendibles. Pero pensar en una suerte de “exiliado” me resulta muy interesante. Busco la etimología de “exiliar” y resulta “saltar hacia afuera”. Ex significa fuera, y salirse es saltar.

Parece muy agradable la idea de saltar afuera. Salirse del sistema, no pertenecer del todo a ningún lugar, casi diría, no pertenecer a lo humano común. ¿Pero el acuariano o la acuariana, donde tienen su yo? Se identifican con estar afuera, o tienen que soportar el triste hecho de estar adentro, sin pertenecer del todo.

Dante Alighieri dice, acerca del exilio:  “Sentir el sabor amargo/la boca llena del pan de extraños/y cuan duro es el camino de subir y bajar por escalera ajena”

Me detengo entonces en ese sufrimiento del exiliado. Esta palabra se usaba muy poco hasta el fin de la guerra civil española, donde aparece haciendo referencia al derecho de proteger a los perseguidos políticos. Pero, en la antigüedad, el exilio, o según los griegos el ostracismo, era una pena capital, lo peor que le podía pasar a alguien.

Pasemos ahora de ese arquetipo de exiliado a otro exilio más simbólico, el exilio de una tierra de libertad primigenia que se pierde a través de la educación. Una pérdida de libertad de un cerebro que comprende mucho más que lo que el marco de su lenguaje le permite.

Dice el poeta Juan Gelman:

“La niña lee el alfabeto de los arboles

Y se vuelve ave clara

Cuanta paciencia ha de tener en aulas

Donde le enseñan a no ser” 

Este poema nos pone en contacto con una esencia, casi infantil, que puede leer a la naturaleza y convertirse en pájaro, pero que ha de sufrir la distorsión que le provocará la enseñanza para insertarse en la sociedad. Me gusta este poema, porque no hace hincapié en la rebeldía, o en la transgresión, sino en esa sensación de paraíso perdido, ese lenguaje del pájaro que se perderá al tratar de encajar. El pájaro, el Ángel, el avión, el ovni, son todos símbolos acuarianos, aquello de algún modo pertenece al cielo, aunque lo veamos por acá.

Un extraño dolor hace carne en los acuarianos.  Entran adentro (con el perdón de la redundancia) y saltan afuera hacia el  espacio, y en algún momento entran adentro otra vez y vuelven a salir hacia el espacio.

 Que duro es el camino de subir y bajar por escalera ajena…

Adriana Bonazzi